Y no hablamos de un pecado cualquiera, sino de uno de los siete capitales, el de la gula. Pero no se deje intimidar y no pierda la oportunidad de regalarse alguno de estos pecadillos con los que el Alentejo le desencamina.
La variedad de dulces y pasteles de tradición conventual que puede encontrar en todo el Alentejo es inmensa. Preparados a base de yema de huevo, almendras y azúcar (o endulzados a veces con miel), espolvoreados con canela o no, cada pueblo tiene sus especialidades para ofrecer.
En Évora descubra el pan basto, o pan de rala, el tocino de cielo, la encharcada (del Convento de Santa Clara), los morgados y las queijadas; en Alcácer do Sal desahóguese en una pinhoada; en Beja no se olvide de probar las trouxas de huevo, los pasteles de Santa Clara, los tosquiados y las queijadas de la región.
Aunque también tenemos la tarta de almendra de Vidigueira, las tibornas y las filhós enroscadas de Vila Viçosa, el tocino rancio y los pasteles de miel de Monforte, el pão de ló de Montemor, las boleimas de Castelo de Vide, las areias de Sines, los mimosos de Crato, las cavacas de Avis...
Si está de paso por Elvas o Vila Viçosa no puede perderse la sericá o sericaia, un dulce auténticamente alentejano, en el que los huevos, la leche, el azúcar y la canela se unen en perfecta armonía y que, con suerte, hasta se habrá cocinado en una fuente de estaño, como manda la tradición, e irá acompañada con una o dos jugosas reinas claudias de Elvas a las que se les escapa el almíbar.