Quien pasea por las antiguas calles de Tomar o bordeando el frondoso parque bañado por el río nunca pierde de vista el castillo templario.
Gualdim Pais, Maestro de la Orden del Templo en Portugal, escogió el alto de este otero para construir la fortaleza en 1160. Sabía que ahí se encontraba el vértice del ángulo que une la tierra con la constelación de Géminis, signo de los Templarios. Fue en esta época cuando se inició la construcción de la Charola, joya de la arquitectura sacra que tiene su modelo en el templo edificado sobre el Santo Sepulcro, en Jerusalén. A su alrededor crecerían las dependencias conventuales, ya en el tiempo en que la Orden de los Caballeros de Cristo había sustituido a la del Templo y heredado todos sus bienes. Así fue cómo el Infante D.
Henrique el Navegante abriría la nación portuguesa a los Descubrimientos marítimos llevando la cruz de los Caballeros a los siete rincones del mundo.
En el monumento se inscribiría después, con D. Manuel I, un nuevo ciclo de arte con misión en el mar. La iglesia templaria está decorada con pinturas y esculturas de calidad excepcional. Diríjase a Occidente hacia la sala del Capítulo que alberga una sorprendente ventana. Como en una revelación, toda la mística de la Epopeya se revela en la piedra: olas, cuerdas, animales fantásticos, ángeles, reyes, esferas armilares, la cruz de Cristo.
Por todos estos motivos y porque este grandioso convento guarda tantas otras maravillas, dedique tiempo a pasear por él y conozca sus misterios.