Es imposible organizar una visita a Lisboa sin que en un momento dado se oiga "ahhh, la luz de Lisboa...". Lo que no tiene nada de extraño.
Lisboa nació hace más de 20 siglos, construida sobre colinas, cerca del punto donde el río Tajo se une al Océano Atlántico. Además de la luz blanca característica de estas latitudes, Lisboa siempre ha vivido en un juego de luz y sombra.
Un juego antiguo, alimentado por una arquitectura centenaria, que se extiende por calles a veces estrechísimas, que suben y bajan de las colinas frente al río, marcando fronteras entre los innumerables barrios históricos repletos de vivencias típicas.
Un juego que la ciudad ha mantenido visualmente, ampliando este contraste a una nueva arquitectura, moderna, clara, proyectada sobre avenidas anchas, pero siempre frente al río.
Culturalmente, Lisboa ha conseguido mantener el encanto de su juego de luz y sombra. Es decir, el reconocimiento de un pasado como ciudad marítima, abierta al mundo a través de los descubrimientos, con museos, monumentos y tradiciones que lo atestiguan, y un presente marcado por una nueva puerta abierta al Mundo del siglo XXI, con museos contemporáneos, acontecimientos culturales de renombre y una forma de vida de ciudad cosmopolita.