Las calles de esta antigua población - cuya primera carta foral le fue concedida por D. Sancho I en 1199 - conducen al alto de un cerro, donde se yergue el castillo. Un documento datado en 1258 ya describía su alta torre de homenaje, murallas y baluartes. Esta austera arquitectura defensiva se ve interrumpida por una elegante ventana manuelina recortada en la muralla, donde se representan la esfera armilar, símbolo del mundo relacionado con D. Manuel I, y el escudo de los Cabrales, con una ilustración de dos cabras.
Esta insigne familia tiene como corolario de sus héroes Pedro Álvares Cabral, descubridor de Brasil en 1500, nacido en Belmonte en 1467.
Junto al castillo encontramos una pequeña iglesia romano-gótica dedicada a Santiago, que guarda en su interior una Piedad esculpida en granito, conmovedora por su belleza tosca y sencilla.
Un anexo a la iglesia alberga el panteón de los Cabrales, aunque las cenizas de Pedro Álvares Cabral reposan en la Iglesia de Graça, en Santarém.
En Belmonte se asentó una importante comunidad judía, sobre todo en el siglo XV, cuando aquí se refugiaron los judíos huidos de las persecuciones movidas por Castilla. Habitaban casas situadas fuera de las murallas del castillo, en el Barrio de Marruecos, donde todavía pueden contemplarse los símbolos de las profesiones ejercidas por los miembros de la comunidad, como la tijera, que identifica al sastre, grabados en los umbrales de las puertas. Belmonte preserva su ambiente medieval de forma tan ejemplar como los judíos preservaron en secreto sus oraciones, tradiciones y costumbres hasta nuestros días más tolerantes, en que se ha permitido la apertura al culto de una nueva sinagoga, Bet Eliahu.