Acompañada por las islas de S. Jorge y de Faial, todas en la parte central del archipiélago de las Azores, el ligero manto de nubes que la rodea le da un aire de misterio.
Hay que ir hasta allí para descubrir su belleza, los paisajes de montaña, los pueblos enclavados a orillas del mar, las historias de ballenas y balleneros y la fe de una gente que transformó el duro basalto en viñas y huertos de árboles frutales.
Han hecho falta quinientos años de esfuerzo humano para arrancar la roca del suelo volcánico, transformarlo en tierra arable y crear un paisaje de cultivo de la viña único en el mundo, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
Disfrute el dibujo de este gigantesco laberinto de piedra a orillas del mar. Cada uno de los pequeños cuadrados en que está dividido guarda vides protegidas del viento y calentadas por el sol mientras concentran toda su dulzura en las uvas.
Son tantos los muros que, puestos en fila darían más de una vuelta a la tierra. De este trabajo épico nació el vino Verdelho, perfeccionado a lo largo de los siglos por la habilidad de frailes franciscanos y carmelitas. Después de este paseo, ha llegado la hora de probar el vino. Seco o dulce y reconfortante, este vino, que viajó hasta los salones de los zares de Rusia, sabe todavía mejor en una pintoresca bodega.
Falta todavía visitar, junto al mar, las antiguas dependencias del "Verdelho". A la sombra de los árboles exóticos, podrá aprender más cosas sobre este extraordinario tipo de cultivo.