El Fado nació en los barrios de Mouraria, Alfama, Bairro Alto y Madragoa, acompañando la historia de la ciudad.
Vinculado a la fatalidad del destino, a la noche y al desencuentro, fue compartido por hidalgos, vagabundos y marineros, cantado de forma desgarrada e intensa. Pero también lo conocemos más alegre, relatando conquistas, los amores y las vivencias de cada barrio que José Malhoa, el pintor del Fado, inmortalizó magníficamente en sus telas.
Ganó notoriedad en las Casas de Fados, donde sólo se cantaba con cartera profesional. Entre los fadistas, Amália fue la más carismática y la que llevó el Fado fuera de las fronteras.
Con una gran presencia en el escenario y una natural noción del espectáculo, a ella es a quien se debe la imagen del clásico vestido negro con chal. Su antigua casa es hoy un museo que merece la pena visitar.
En 2011, el Fado ha sido clasificado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
Restaurantes y Casas de Fado siguen siendo los mejores lugares para oírlo. Con una atmósfera particular y en un espacio intimista, pasar una noche a la luz de las velas al son de esta música es una experiencia única e inolvidable.