En el interior, la inmensa llanura, trigales dorados ondeando al viento; en el litoral playas salvajes, de una belleza agreste e inexplorada.
En la amplitud del paisaje se intercalan alcornoques y olivos que resisten al tiempo. Aquí y allá se levanta un recinto amurallado, como Marvão o Monsaraz, o la sencillez de un anta recordando la magia del lugar.
En los cortijos, blancas casas de planta baja coronan pequeñas elevaciones, los castillos evocan luchas y conquistas y los patios y jardines son testigos de influencias árabes, que moldearon el pueblo y naturaleza.
En el Alentejo, la fuerza de la tierra marca el tiempo.Quizás por ello la cultura adquiera aquí un carácter particular,basta conocer Évora, sus raíces romanas y el encanto de su patrimonio, para entender por qué razón ha sido clasificada Patrimonio Mundial.
Admire el templo de Diana y algunas de sus iglesias. No se arrepentirá. Pero no se vaya hacia el norte o sur sin explorar el litoral. Ahí el paisaje es elevado y escarpado, con pequeñas playas al abrigo de acantilados. También aquí tenemos aromas de campo, las hierbas aromáticas sazonan pescados y mariscos, el tiempo corre despacio.
Porque todo el Alentejo vive al ritmo de la tierra...
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